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lunes, 29 de noviembre de 2010

Japón, biodiversidad marina



Las aguas costeras varían de gélidas a templadas y tropicales. Pero la vida marina es extraordinaria en todas ellas.


Por Juli Berwald
Fotografías de Brian Skerry


Los rayos de sol se cuelan por las grietas del hielo. Los trozos más gruesos, enjoyados por las algas, resplandecen con un brillo esmeralda. Los personajes de este reino helado salen a escena: un translúcido caracol nadador azul, un pez rosa cuya cola se asemeja al abanico de una geisha, un escorpeniforme que parece un Pokémon. Es el mundo submarino que aguarda a Brian Skerry, quien camina pesadamente por la playa cercana a Rausu, un pueblo de pescadores del extremo nororiental de Japón. Enfundado en un traje de neopreno y cámara en mano, se zambulle entre los témpanos hacia las profundidades del mar de Ojotsk, junto a la península de Shiretoko.

Mucha gente cree que Japón es un grupo compacto de islas grandes, pero en realidad se extiende sobre un área de más de 2.400 kilómetros e incluye más de 5.000 islas. En su alternancia con el mar a través de distancias tan vastas, la tierra abarca al menos tres ecosistemas diferentes. En el frío norte, pigargos gigantes de dos metros de envergadura alar y centollos de Alaska frecuentan los mares helados de la remota península de Shiretoko. En las templadas aguas centrales de la península de Izu y la bahía de Toyama, a pocas horas por carretera de los rascacielos de Tokyo, enjambres de calamares centelleantes nadan entre bosques de corales blandos. En el cálido sur, delicados peces mariposa conviven con enormes tiburones toro en los arrecifes coralinos del archipiélago de las Bonin, un conjunto de más de 30 islas a unos 800 kilómetros al sur de Tokyo.
Las corrientes oceánicas, que bañan las costas japonesas con aguas que van de -1 a 30 ºC, son esenciales para la diversidad marina y son la causa de que el país ostente dos récords mundiales: la poderosa Kuroshio transporta agua cálida hacia el norte, lo que hace posible que los arrecifes coralinos prosperen donde en condiciones normales no existirían; y la corriente oriental de Sajalín lleva agua fría a Japón, lo que contribuye a que la península de Shiretoko sea el punto más meridional donde el mar se congela en invierno.

Además de controlar la temperatura del agua, estas corrientes transportan vida marina desde puntos distantes. La volcánica costa de Japón se caracteriza por la abundancia de calas y bahías, explica Robert van Woesik, profesor del Instituto de Tecnología de Florida. En las islas rodeadas por arrecifes coralinos, las lagunas «funcionan como guantes de béisbol, donde quedan atrapadas las larvas de corales y de peces».

Como en gran parte de los océanos del mundo, esos ecosistemas corren peligro. Japón está rellenando sus lagunas para ganar tierra al mar. Sin lagunas, las larvas de peces, corales y cangrejos pasan de largo, en lugar de asentarse en ellas. Pero de momento la biodiversidad oceánica sigue prosperando. Cuando Brian Skerry sale de las frías aguas, agradece que haya una casa de té junto a la playa. Se quita el equipo y entra en calor con una sopa de miso. Fuera está nevando. Mientras, el escorpeniforme sigue nadando, y el hielo brilla bajo el mar con un brillo verdoso.

Fuente: National Geographic

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